Sierra Leona 2008

5 10 2008

A Rosa, por supuesto

Primer día

Cosas del azar, golpes del destino. Aquí estoy, y no termino de creérmelo. Salimos anoche de Las Palmas, y recorrimos más de 1500 kilómetros en dirección norte. Pasamos noche en Madrid, y volamos hacia Casablanca. Después de un día de espera finalmente nuestro avión partió hacia Freetown, con una pequeña parada en Monrovia. Nuestro avión es el único que se encuentra en toda la noche, y sólo está de paso; en cuanto nos bajemos volverá a subir sus alas de vuelta. Sólo quedan helicópteros en la pista, unos cuatro si mi vista no me engaña. En Monrovia sentimos la tormenta, pero Freetown está tranquilo.

Tal y como nos habían avisado, un joven nos espera con nuestros nombres escritos a mano en un folio arrugado. Cuando sales del aeropuerto puedes tomar dos direcciones; la izquierda te lleva al helicóptero; la derecha al overcraft. Giramos hacia la izquierda, y esperamos en un pequeño almacén destartalado. Por ahora somos los únicos viajeros. Al poco aparecen otros tres más, y nos dirigimos en una pequeña guagua hasta uno de los helicópteros. En unos minutos cruzamos la bahía y nos posamos sobre Freetown. Rosa nos espera. Salimos del pequeño aeródromo, y finalmente llegamos a nuestras estancias. Son las 3 de la mañana, y no me puedo dormir. Por fin, sin apenas pretenderlo, estoy en Sierra Leona.

Segundo día

El día amanece nublado. Nos levantamos, desayunamos y salimos por la ciudad. Está llena de colinas que suben y bajan y los árboles están por todos lados. Una ciudad verde africana, no termino de creerlo. Mis pasadas experiencias me llevan a los colores rojos y amarillos, y la conjunción de roca y arena. Aquí el verde predomina de manera aplastante, y el agua es el sonido que recorre tu camino.

Nos dirigimos al centro, y pasamos al lado del Cotton Tree. Estamos en el centro de la ciudad, y por más que me esfuerzo no veo las cicatrices de la guerra. Han pasado seis años, y parece que poco a poco se supera el horror. Sólo los mutilados te devuelven a la realidad. Esto no es una película, y aquí la mayoría de la gente ha visto con sus propios ojos lo que mi mente es incapaz siquiera de percibir. Antes de venir, antes de conocer a mis nuevos amigos, antes de África Sierra Leona significaba guerra, muerte y mutilación. Significaban diamantes, niños de la guerra y Richard Taylor. Que equivocado estaba, o mejor dicho, que iluso. Miro hacia mis adentros y confirmo mis sospechas; espero ser más cauto antes de dejar que los intermediarios de la información manipulen mis pensamientos. Sólo son capaces de vender dolor.

En el downtown visitamos uno de los muchos mercados de la ciudad. Los improvisados puestos crean un laberinto entre paseantes y artefactos, todos comunes, mientras un enorme chaparrón cae sobre nosotros. Tras dar unas vueltas quedamos con un amigo, con quien comemos en un pequeño restaurante. Por la tarde regresamos a casa para descansar un poco y salir a cenar. Al borde de la playa compartimos alegría mientras poco a poco el sol deja paso a la luna. La marea llena rebosa nuestra mesa y nos mojamos los piés, pero da igual, el momento es precioso, y desbordo felicidad. Cenamos y nuestros amigos están muy animados; esta noche saldrán, pero yo no puedo más. Estoy derrotado y me retiro a dormir.

Tercer día

Amanecemos temprano, y ya nos esperan para salir. Nos vamos a Port Locko, a seguir con el trabajo que nos ha traído por aquí. Cruzamos Freetown. Se encuentra a poca distancia de la capital, pero la particular geografía de la zona hace que tardemos más de tres horas en llegar. El paisaje tropical desborda el camino. Estamos en la temportada de lluvias, y el bosque rebosa fuentes y riachuelos, que moldean la topografía del terreno entre enormes bosques que se pierden hasta donde llega la vista. Es la imagen que había soñado de África, y por fin la puedo contemplar. Otra sensación que me invade es la dificultad de asociar la pobreza extrema que te cuentan los libros sobre Sierra Leona frente a lo que ves. Al contrario, parece un país muy rico, quizás no en dinero ni desarrollo económico. No en carreteras o medios sanitarios, pero cuesta mirar este paraiso y sentir que estamos en un país, como ellos mismos definen “subdesarrollados”. Curiosa palabra la de “desarrollo”. Estoy comenzando a leer un libro que se titula “El tercer mundo no existe”, y trata precisamente sobre el mito del desarrollo.

Tras cruzar una montaña salimos hacia la carretera principal que lleva a Port Locko. Antes hemos pasado cerca de una enorme fortaleza totalmente cerrada al exterior; su nombre: embajada de los EEUU. También por un cuartel militar donde fuerzas militares del Reino Unido mantienen su presencia en nombre de la estabilidad. La carretera principal es excelente, y los carteles de “carretera financiada por la Unión Europea” pueden leerse cada poco. No sólo invierten en asfalto, también en publicidad. Además todo el camino está lleno de carteles sobre inversiones en cooperación.

Port Locko es un pequeño pueblo con mucho encanto. Cada casa mantiene su espacio con su pequeño jardín, probable herencia de su pasado colonial inglés. Trabajamos toda la mañana, visitando la sede de MdM y el hospital. Su estado es espantosos. Carecen de luz y de agua corriente, y los techos se desmoronan comidos por la humedad y la falta de mantenimiento. No tienen apenas dos pequeños colchones destartalados y las camas oxidadas se amontonan vacías. La suciedad lo invade todo, y no hay prácticamente pacientes…

Por la tarde acudimos a un buen número de pequeñas aldeas donde han construido pozos de agua. Empieza a llover, y nos adentramos en pequeños caminos rodeados de espesa vegetación. Aunque quisieras atravesarla tendrías que usar un machete porque no hay espacio para cruzar por ella. Las aldeas están llenas de niños que se amontonan alrededor nuestra y tras un buen rato entre aldea y aldea emprendemos el regreso hacia Freetown.

Por la noche hay una cena concurrida en casa de Rosa y después salimos un rato. No duro mucho, aunque encuentro la noche en Freetown muy animada.

Cuarto día

Salimos a media mañaba hacia Kabala, al noreste del país. Se encuentra cerca de la frontera con Guinea-Conatry, y el viaje dura unas 6 horas. La carretera está en bastante buen estado, y poco a poco el paisaje se va transformando en la medida que, tras atravasar Makeni (donde comimos), empiezan a aparecer las montañas. La veguetación poco a poco se transforma en la denominada “savana africana”, pero realmente lo que ven mis ojos es muy distinto a la savana africana que recordaba en Senegal y Malí. También reconozco que estamos en la temporada de lluvias y la otra vez era pura temporada seca. De todas formas todo sigue siendo un verjel y el agua corre por todos lados.

Llegamos a Kabala al atardecer. Es un pueblo encantador, bastante pequeño y con mucho ajetreo a la puesta del sol. Hoy comienza el ramadán, el mes santo de ayuno diurno que todo musulmán debe hacer. Dejamos las cosas en la casa donde nos quedamos y la preparamos un poco (Kabala, como todo Sierra Leona, tiene mucha malaria), es decir, mosquiteras en todas las camas. Una cerveza y algo de picar y nos vamos a domir. Es curioso, pero no hay luz en Kabala, y cuando llega la noche todo se inunda con una oscuridad envolvente.

Quinto día

Día de trabajo intenso, batimos todo los records en número de entrevistas y planos conseguidos. Ha sido agotador, pero ya empezamos a tener bastante material. Por la noche cenamos en un pequeño local en el centro del pueblo y nos retiramos algo tarde entre risas y charlas. Por la noche llegaron Lola y Kenia, que han venido a pasar unos días a la zona y de paso acompañarnos. A Kenia la conocimos en Senegal, es la compañera de Oscar, un amigo chicharrero. Lola es muy amiga de Oscar y aprovecha su mes de vacaciones para venirse a conocer Sierra Leona. Es una persona entrañable, muy enérgica y espabilada. Ha visitado muchísimos países que me encantarían conocer. Una persona que sabe aprovechar su tiempo libre para conocer nuevos sitios.

Sexto día

La salida del sol marcha nuestro despertar y los preparativos para partir hacia Foria, una pequeña aldea situada a menos de 50 kilómetros pero con una carretera en tal estado que se tardan unas 4 horas desde Kabala. El viaje, con el coche lleno de gente, se vuelve un poco tortuoso hacia el final, aunque la emoción que me embarga cuando nos metemos hacia las montañas me mantiene feliz. La vegetación lo absorbe todo y a medida que vamos subiendo cruzamos pequeñas aldeas. Cuando queda poco para llegar hay que cruzar un pequeño río bastante envalontado por las lluvias. Cuesta pero finalmente el coche pasa.

En Foria hay un centro médico construido por la cooperación y están ultimando su finalización. Pasamos la tarde y salimos pronto hacia Kabala. Bajando empieza a llover, y cruzar el pequeño riachuelo se convierte en una odisea. Finalmente, tras mucho esfuerzo y una buena empapada conseguimos cruzar y seguir nuestro caminos. Llegamos a Kabala imaginando cuales serían nuestros sueños: ducha caliente, cerveza fría y una cama enorme. La realidad: ducha fría, cerveza caliente y a dormir apretujados.

Séptimo día

Hoy regresamos a Freetown. Antes de partir he tenido tiempo de subir a una pequeña montaña que se eleva delante de Kabala. Las vistas son espectaculares, así como el camino. Voy con una jovencísima norteamericana que lleva medio mes en Kabala y uno de los chicos de la familia donde vive.

A media mañana partimos hacia Freetown. El camino de vuelta se hace un poco pesado, pero paramos antes por un hospital que el San Juan de Dios tiene aquí. Edu nos habla maravillas del sitio, pero la verdad es que tampoco es ninguna sorpersa agradable. Eso sí, está en mejor estado que todos los que hemos visto con anterioridad. Me impactó muchísimo entrar a la sala de cuidados intensivos (una pequeña habitación) donde las madres velan por sus hijos enfermos. Algunos de ellos en muy mal estado. Normal, estamos en un hospital.

Llegamos a Freetown anocheciedo, y tras una buena cena nos retiramos a descansar. Ha sido un día largo.

Octavo día

Sigue el tute. Salimos hacia Port Loko de nuevo, para grabar un encuentro en una aldea. La verdad es que ya empiezo a estar un poco cansado de tanto coche, pero bueno, el camino tampoco se hace demasiado tortuoso. El problema es que el coche que llevamos no es que sea precisamente espacioso, así que el camino se hace incómodo. En la aldea nos cayó la mayor lluvia que he visto caer en mi vida. Espectacular. El equipo no se empapó por unos segundos de margen (los que tardamos en entra corriendo al coche).

Regresamos a Freetown a media tarde, y aprovechamos para hacer un poco de trabajo de “oficina”.

Noveno día

Día relajado y noche movida. Nos invitan a una fiesta por la noche, en casa de alguien que no terminé de conocer. Después de bailoteo a un local enfrente de la fiesta (desde la terraza nos cautivó) y por fin a conocer el paddys (Rosa nos ha hablado mucho de él). Cuando la guerra alcanzó Freetown había toque de queda y la gente entraba en el Paddys antes de que anocheciera y se queda en él hasta el amanecer. Está en el barrio de Aberdeen, el único que no fue tomado por los rebeldes en su ofensiva final. Un lugar mítico convertido en sala de fiestas para los blancos y los negros con dinero. Está lleno de prostitutas que bailan contigo de manera apasionada, como nunca había visto antes.

El sitio está bastate bien, y duramos hasta tarde. Completamente borracho caigo rendido en la cama. Hacia tiempo que no bailaba tanto.

Décimo día

Aprovechamos el día para grabar algunos planos que nos faltan de Freetown, y dar por finalizado el trabajo.  Por la tarde visitamos una reserva de chimpancés. Precioso pero un poco violentos para mi gusto. Se nota de donde venimos. Por la noche salimos a cenar a un sitio espantoso (tardarón horas en servir el pedido) y luego directos al Paddys, del que ya somos forofos. Me situo en la pista de baile y a esperar que alguna preciosa mujer te embauque con sus movimientos. Es impresionante. Ya de madrugada nos vamos a dormir (menos Tony, que dura un poco más).

Onceavo día

Finalmente nos vamos. Pasamos el día en la espectacular playa “nº2″, impresionante. Comemos barracuda y pasamos todo el día botados en esta espectacula playa que aparece del espesor de la jungla, con arena blanquecina y vistas paradisiacas. Un auténtico lujo, y probablemente la playa más bonita en la que he estado nunca.

Por desgracia todo toca a su fin. Salimos de vuelta a la ciudad y cenamos en casa de Kenia. Ya de madrugada Rosa nos deja ante el helicóptero. Una triste despedida y nos vamos volando hacia el aeropuerto. Tras varias horas de espera y muchos controles de seguridad sorteados (aunque suene mal decirlo, ya estamos acostumbrados a este tipo de cosas) salimos hacia Casablanca. En el viaje conocemos a dos españoles que trabajan arreglando maquinaria de embotellado. Odian el país y no quieren volver más. La verdad es que no se les nota tranquilos, y eso puede amargarte la vida (vivir con miedo). De todas formas son bastante simpáticos y disfruto de su compañía.

El avión sale con retraso, y perdemos la conexión con el vuelo hacia Madrid. Con mi mal francés aprendido en viajes hago lo que puedo y consigo que nos metan unas horas después. (en un principio querían pasarnos a la tarde-noche). A media tarde estamos ya en Madrid. Ha sido maravilloso, aunque no puedo más.

Agradecimientos

Gracias Edu, Oscar, Diego, Kenia, Lola, William, Amadou, John y todo el personal del proyecto (Los dos conductores cuyos nombres ya no recuerdo y el chico de Kabala), Charlotte, Raj, Sameer y Fiti. También a la norteamericana cuyo nombre tampoco recuerdo y a su compañero de casa.

Pero sobretodo, y muy especialmente, gracias a Rosa.